Para rematar la faena, el mismo viernes me entero de que Diego, el ciclista de mi equipo, ha sufrido un accidente doméstico y tiene el dedo gordo del pie hinchado y con un derrame impresionante. En la foto podéis comprobar el estado en el que se encontraba el viernes por la tarde. Si tuviera que correr sería imposible, pero... ¿podría pedalear a buen ritmo durante tantas horas seguidas? Otra duda saltando dentro de mi cabeza, por si no tenía bastante.
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¡CHAPEAU! |
Pues con esta situación de incertidumbre me dirigí el sábado a
Sanlúcar, un poco ajustado de tiempo para que la espera no hiciera mella en mi nerviosismo. Tras un desesperante atasco a la entrada, y dar varias vueltas buscando un aparcamiento lo más cerca posible de boxes, llamo a Javi, nuestro nadador. Me dirijo a donde se encuentra su mujer, y cuando llego, ¡Diego ya está allí! Ha hecho un gran tiempo y ha sido capaz de superar su lesión, no le he visto entrando en meta, que es lo mínimo que debía de haber hecho para recompensar su esfuerzo.

Cruzamos en la barcaza para esperar a Javi y empezar mi carrera. En ella conversamos con dos deportistas: un triatleta del equipo
Tri Alandalus (compañero por tanto de
Alvaro,
Paco y
Jordi) que se había retirado casi al final del tramo ciclista por culpa de dos pinchazos en sus tubulares (la mala fortuna es muy injusta con algunos deportistas, hasta ahora no me puedo quejar demasiado) y una corredora de
Chipiona que había venido a animar a amigos suyos, habiéndose quedado con las ganas de haber participado por relevos (espero que el año que viene encuentre a dos valientes con los que poder compartir esta experiencia).

Tras llegar a la otra orilla los últimos minutos de espera se hacen eternos, con un ligero avituallamiento para que no me falten las energías desde el principio. Por fin llega Javi, con un buen tiempo para haber nadado con una corriente mucho más desfavorable que en la edición anterior. Me pasa el chip, nos hacemos una foto rápida de equipo y arranco a correr, tratando de tranquilizarme y de disfrutar del momento. Los primeros kilómetros tengo que ir frenándome, voy por debajo de 5 minutos el kilómetro, y ese ritmo sé que no es sostenible para mí durante todo el recorrido. Debo de conservar fuerzas para todo lo que me queda por delante.
Poco a poco consigo mantener la calma y situarme en el ritmo de crucero que me había propuesto, entre 5' y 5'30". Correr por la playa es muy bonito y agradable, pero desgasta los músculos mucho, y hay que reservar un poco las fuerzas. Una suave brisa del noroeste es más beneficiosa por lo que nos refresca que perjudicial por lo que pueda frenarnos. Me voy parando en todos los avituallamientos, pienso que comiendo y bebiendo un poco en cada uno de ellos no tendré problemas de deshidratación ni de pájaras. A medida que avanzo voy alcanzando a algunos corredores que van por delante mía. Unos pocos son relevistas, la mayoría son de individuales que, con toda la paliza que llevan encima, lógicamente van más castigados y algunos van andando prácticamente desde el principio.

Van pasando los kilómetros y me sigo encontrando bien, el ritmo es bastante constante y aún no me pesa la distancia acumulada. Soy adelantado por algún relevista más rápido que yo, un breve saludo y se va convirtiendo en un punto de color cada vez más lejano y pequeño. Me distraigo con el bello paisaje de esta playa virgen, donde se te pierde la vista en el horizonte sin que rompa el paisaje ninguna construcción humana. Observo a las bandadas de gaviotas posadas en la orilla, disfrutando apaciblemente de la hora de la siesta mientras nosotros sudamos y gastamos nuestras energías corriendo. Paradojas de la evolución, su postura es a todas luces más inteligente...

Hacia el ecuador de la prueba, cuando los corredores estamos cada vez más espaciados y los adelantamientos se vuelven menos habituales, alcanzo a
Antonio. Lleva los cuadriceps muy machacados: la bici le ha pasado factura, pero va bien dentro de lo que cabe, no dudo de que conseguirá su objetivo de llegar a la meta. Charlamos un rato en el que le comento que esta mañana
en el blog de su club había fotos suyas en bici a su paso por Jerez, es algo que le asombra, le anima y le reconforta.

Alcanzo el kilómetro 15, el ecuador de la carrera, en aproximadamente 1h 20'. Voy dentro del plazo previsto, había calculado tardar entre 2h 45' y tres horas. Pero a partir de aquí la situación cambia de forma drástica: ya en los últimos kilómetros se estaba notando cómo la marea iba subiendo y había que sortear vaguadas para no mojarse los pies, pero desde este punto hay un par de kilómetros donde no queda arena mojada por donde correr. Hay que ir andando a trompicones por la arena seca, tratando inútilmente de trotar, con mucho desnivel lateral. Al final me veo obligado a andar, no por cansancio, sino porque el terreno no te permite otra opción.

Es muy frustrante ver cuánto tiempo pierdo en estos dos kilómetros y pico (¡voy a más de nueve minutos de ritmo!), y andar por la arena blanca es tan sólo un leve descanso para los pulmones y el corazón, porque las piernas sufren incluso más por el esfuerzo que conlleva dar cada paso. Cuando por fin se abre un pequeño hueco para correr, la arena está a ratos ondulada, no hay quien mantenga un ritmo y hay que estar vigilando continuamente las olas para que no te "enganchen", porque ir con las zapatillas y los calcetines mojados, además de aumentar el riesgo de ampollas, no es muy recomendable: entre otras cuestiones aumenta el peso que hay que levantar en cada pie.
Entre el enfriamiento de haber dejado de correr durante un buen rato y que empiezo a notar los cuadriceps agarrotados, producto de la acumulación de kilómetros y del paseo por la arena blanca, mi ritmo de carrera se ha ralentizado de manera muy preocupante. Ni siquiera llega a la categoría de trote cochinero, es una mezcla de marcha torpe o de paso semirápido, según se mire. ¡Hasta unos pequeños pajaritos, con sus diminutas patitas, corretean por la orilla más rápido que yo! A los pocos corredores que alcanzo o que me adelantan, cuando intercambio unas palabras con ellos sus impresiones son las mismas: a la dureza propia de correr por la arena, la marea alta le ha dado un plus de dificultad añadida muy considerable.
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LA PLAYA ESTABA (CASI) DESIERTA... |
Los kilómetros siguen cayendo pero de forma muy lenta y cansina, el final de la carrera se hace interminable. Al fondo se empieza a divisar una mancha blanca: es la vista de un conjunto de casas y edificios, y significa que nos estamos acercando a Matalascañas. Pero es una sensación engañosa, sé que con el horizonte despejado las referencias de distancia siempre parecen más cercanas de lo que son en realidad. Hacia el kilómetro 23 tomo una decisión con la que nunca había tenido que enfrentarme: dejo de correr y comienzo a caminar. No cuento los dos y pico anteriores porque fue por las circunstancias del terreno, no por mi situación personal. Ni siquiera
en la carrera de Écija, que fue en la que más sufrí, llegué a esa situación: entonces eran dolores más agudos pero me encontraba más cerca de la llegada, a base de apretar los dientes acabé como pude. En esta ocasión no es dolor, es la sensación de impotencia de que mis intentos por tratar de correr apenas dan fruto, voy prácticamente al mismo ritmo que si estuviera andando.
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...EL MAR (INTENTABA)
BAÑAR MIS PIES... |
Los tramos en los que camino en vez de correr son intercalados, es cuando aprovecho para charlar con otros "correandadores" a los que alcanzo. Todos vamos igual de reventados, la playa se ha cobrado su tributo y ha sido capaz de vencernos a medias. A uno de los que adelanto vaya tan roto que le da igual que las olas le empapen completamente los pies, trata de llegar arrastrándose más bien con los restos su voluntad que con los de sus fuerzas, ya prácticamente agotadas. Una vez que llego al último avituallamiento en el kilómetro 27 me propongo no parar de correr con excepción del tramo de arena blanca que hay cuando se abandona la playa y se entra en el paseo marítimo.
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...CORRIENDO POR MI MEDALLA
DEL DESAFIO DOÑANA FINISHER
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Si en los últimos kilómetros he notado que hay más gente en la playa que nos anima, algo que se agradece mucho a estas alturas de la película, los dos últimos kilómetros en el paseo marítimo son muy gratificantes: todo el mundo te aplaude y reconoce tu esfuerzo, saben lo que llevas a tus espaldas y el mérito que tiene. Cada paso cuesta darlo una barbaridad, pero sé que son los últimos para lograr el reto. Empiezo a escuchar de fondo la megafonía, entro en el tramo de vallas y en la alfombra... Cruzo la meta ondeando la gorra que me ha acompañado todo el verano, protegiéndome del sol: ¡SOY FINISHER!
Como si fuera una estrella en vez de un corredor del montón, el speaker me entrevista. Aparte de decir que estoy contento por haber acabado y lo duro que ha sido correr con la marea alta, poco más puedo añadir. Cuando me pregunta si es mi primer Desafío Doñana, le digo que el año pasado hice la natación. La siguiente pregunta es obvia: "¿para el año que viene la bici?". No tengo la respuesta definitiva, la euforia tras el
Olímpico Pirata me lanzaba a pensar en hacerlo el año que viene completo, pero después de la paliza de la carrera dudo de si es mejor dejarlo para dentro de dos años.

Un rato después mía llegó Antonio, reventado pero muy contento de haberlo logrado. A Manu ni le vi, cuando miro en la clasificación provisional los tiempos de su equipo y de su parcial me lo imagino ya camino de Sanlúcar en autobús. Luego resultó que estaba en la misma larga cola para coger el autobús que yo (en este aspecto la organización tiene que seguir mejorando), pero él sí pudo ir en los todo terreno por la playa, a mí me tocó ir por Sevilla y llegar a Sanlúcar de noche, pasadas las diez y media. Menos mal que tuve la suerte de tener un ameno compañero de asiento, David, inglés y por casualidad residente en Fuentebravía. Aparte de comentar la experiencia e intercambiar impresiones de múltiples planes, nos intercambiamos los móviles, y al día siguiente por casualidad me lo encontré y conocí al ciclista de su equipo, americano, ¡que vive en la misma calle donde yo veraneo! ¡Lo que son las casualidades de la vida! David, if you read this, you can write a comment in english, i will be pleased to reply you alike.

Las sensaciones, como os podréis imaginar, son contrapuestas: muy contento por haber sido capaz de acabar una prueba de este calibre, aunque un poco insatisfecho con el tiempo (3h 17') y con el hecho de haber hecho una parte andando, lo cual no entraba en mis planes. Como atenuante no contaba con el obstáculo de la marea alta, que a pesar de frenarme no consiguió vencerme del todo y logré llegar aunque fuese a duras penas. Lo considero un buen ensayo para la maratón, ya sé que además de reforzar las rodillas necesito fortalecer los cuadriceps, en la bici también son mi caballo de batalla para progresar, que es en definitiva el objetivo primero y último de todo este camino.